Género negro

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jueves, 1 de diciembre de 2011

Chesterton, un valor en alza



          

El 14 de junio se cumplió el 75 aniversario de la muerte del escritor Gilbert Keith Chesterton, el magnífico escritor inglés y católico, pero después de pasar por el anglicanismo y anteriormente por el agnosticismo, apasionado en su escritura, vitalista y bonachón, porque su lema era que en literatura lo único que debería prohibirse es aburrir.

En su larga vida literaria el aburrimiento no tuvo cabida en su obra apasionada, lúdica y siempre gozosa, porque elogiaba con socarrona convicción que era preferible quedarse en la cama porque “los avaros se levantan muy temprano; y los ladrones, según tengo entendido, se levantan la noche antes”. Este comentario jocoso no significa que Chesterton no fuera un escritor culto, exigente en su escritura, pero siempre con la claridad amena del que tiene mucho que decir y sabe decirlo y no con los entresijos farragosos y estériles de los pseudo-intelectuales, que sólo manifiestan claramente la incapacidad estéril de poder y saber expresarse, lo que le molestaba tanto como el fanatismo oscurantista religioso, la soberbia prepotente de los ricos y los críticos o consejeros literarios a los que detestaba.

Chesterton defendía el “distribucionismo” de la doctrina social de la iglesia, en contra del socialismo o del capitalismo como ideologías en pugna constante .De los personajes famosos lo que le interesaba era su catadura moral, lo cual dice mucho de este escritor a quien le preocupaba cómo era un individuo más que quién o qué era.

Josep Pla, el poeta y escritor ampurdanés, admira sin fisuras a este escritor heterodoxo que ofrecía una visión de la Edad Media, muy distinta a la oscurantista y predominante en otros autores. Pla afirma de Chesterton que, al igual que cuando se habla de Cervantes o Montaigne, no sólo se lee, sino que acompaña, y llega a afirmar que: «Siento que es una buena persona, y un intelectual de sus dimensiones, cuando es buena persona, es lo más parecido a un ángel...».

En la obra de Chesterton Por qué soy católico, afirma que “la conversión llama al hombre a estirar su mente igual que quien despierta de un sueño se siente impulsado a estirar los brazos y las piernas”. Este estiramiento mental le permite a Chesterton mirar, reflexionar y enjuiciar los asuntos más diversos de su época, que son de la misma índole que de cualquiera otra, con una profundidad de pensamiento, originalidad incuestionable y una sagacidad sorprendente.

Su talante católico no le hace actuar de forma dogmática y rígida, sino con una apertura mental que era la mera demostración de lo que llamaba “fe encarnada”, es decir, insertada en el binomio espacio-temporal, lo que le hacía ser un hijo de su tiempo, pero con una altura de miras que le permitía tener esa “vista de águila” capaz de desentrañar los más recónditos rincones de cada asunto, de cada cuestión a dilucidar, sin dejarse atrapar por lugares comunes, ni por falsas “verdades” asumidas como tales; sino que su juicio estaba alumbrado por una fe sentida y vivida que le hacía ver en la oscuridad del materialismo, por un lado, y del dogmatismo religioso, por el otro, que obnubilaba la mente de muchos de sus contemporáneos.

Los ochenta y cinco títulos que se han publicado en los últimos tiempos de este autor prolífico, entusiasta y diferente a todos, hablan del éxito que está teniendo en la actualidad quien por su honradez, honestidad, sinceridad a ultranza y claridad, ha ganado las simpatías de los lectores, a pesar del tiempo transcurrido desde su muerte, porque en su obra hay verdad, autenticidad y amenidad, algo tan difícil de conseguir en una larga trayectoria literaria como ha sido la de este autor, creador del inefable personaje conocido como el Padre Brown, y de su saga detectivesca, que han hecho las delicias de muchas generaciones.

Su obra alegórica El hombre que fue jueves, es uno de sus títulos más importantes, por su originalidad e ingenio. Además, fue autor de muchos libros sobre estudios teológicos, polémicas y poemarios, así como diversas biografías.

Es una buena señal, en una sociedad descreída, materialista y poco proclive a las creencias religiosas, que un autor decididamente conservador y católico sea un autor tan demandado en la actualidad, lo que induce a pensar que el ciudadano medio, el lector, está ya cansado del pesimismo a ultranza, el hedonismo light, la falta de valores, el desencanto de una sociedad que no responde a todas las necesidades del individuo y, por ello, se vuelve hacia autores que le hablan de valores, de decencia, de esperanza, alegría y generosidad.

Quizás estos son los valores que empiezan, lentamente, a despertarse en una débil, tímida, pero imparable contestación social contra los valores impuestos por decreto, lo “políticamente correcto”, lo legal pero injusto, la moral a la carta y el adormecimiento ético en el que la sociedad actual vive aletargada y del que empieza a despertar, movida por la insatisfacción, el desencanto y la angustia.

Autores como Chesterton deberían ser leídos, aconsejados y promocionados, precisamente, entre los más jóvenes que son los que más necesitan el mensaje de esperanza, de ética y de alegría que la sociedad les niega, porque estos valores auténticos están en contra de la bazofia anticultural, amoral y desesperanzada en la que estamos inmersos y que han sido proclamados como el ideario de una sociedad en bancarrota.

Chesterton es una buena medicina para los males del mundo, del espíritu y de la sociedad mortecina y agonizante en la que sobrevivimos. Y es así porque hablaba de cuestiones que nos atañen a todos. Ël escribió: «El peor enigma para nosotros no son los ricos, sino los muy ricos… El problema hoy es que ciertos poderes y privilegios se han extendido por el mundo de un modo tan incontrolable que escapan tanto al poder de los moderadamente ricos como al de los moderadamente pobres…».

Un escritor con vista de águila para dilucidar los problemas del mundo y tocar en el fondo y haciéndonos sentir que hablaba para nosotros, para todos los seres humanos que comparten la misma fragilidad, vulnerabilidad y corren el mismo peligro de ser devorados por los mismos enemigos de siempre: la corrupción, la ambición desmedida y la falta de escrúpulos.

¿Es de extrañar, pues, que Chesterton sea un valor en alza?

miércoles, 4 de mayo de 2011

Comentarios


por Ana alejandre

Estas tres obras que elijo en esta ocasión son una muestra de la buena literatura, tanto en el género narrativo (novela y celatos) como en el género de las memorias noveladas, como es el caso de La novela de la memoria, de José Manuel Caballero Bonald, que entra dentro de dichos dos géneros, aunando así el interés de toda memoria con el que ofrece la narrativa cuando es de alta calidad como la de este escritor, injustamente olvidado por el gran público que no ha descubierto aún a uno de los escritores más importantes de las letras españolas a caballo entre los dos siglos.

Los cuentos carnívores de Bernard Quiriny, son una propuesta excelente para los amantes del género de terror o fantástico que encontrará en esta obra una buena selección de ellos que despertará en ellos las más genuinas sensaciones de la mano de un autor consagrado en este estilo que cada día tiene más adeptos.

Por otra parte, el poemario de Bukowski, El padecimiento continuo, ofrece la posibilidad de leer a uno de los poetas malditos que engloba en su poesía la sordidez, el fracaso, la soledad y el desamparo de muchos millones de seres que viven en la marginación de todo derrotado por la vida o por su propia elección de zafarse de una sociedad a la que detesta y teme a partes iguales, pero todo ello transido de una profunda, demoledora y lúcida visión que traspasa toda su obra.


Espero que quienes la lean puedan sentir que no han perdido el tiempo al leer a autores tan distintos como los que aparecen en estas páginas.

La novela de la memoria, José Mauel Caballero Bonald


La novela de la memoria
José Manuel Caballero Bonald
Seix Barral
928 págs.

Este libro de memorias, construida a manera novelada, puede proporcionarle al lector unas horas de agradabilísima lectura porque, además del talento narrativo de su autor que se pone de nuevo de manifiesto en esta obra, se podrá encontrar a la España de la guerra hasta la Transición, después de la muerte de Franco.

El lector a lo largo de la lectura de esta obra se debate entre la duda de qué es parte de la ficción y qué es parte de la realidad, pero esa duda pesa poco a la hora de juzgar a La novela de la memoria porque su verdadero peso - y no es liviano, por cierto-, es la calidad de la prosa narrativa, la emoción que destilan sus páginas, el preciado don de la palabra usada como sabe hacerlo Caballero Bonald y que ya ha puesto de manifiesto en sus obras anteriores comoAgata ojo de gato y Manual de infractores, por citar algunas, que crea la tensión narrativa y deslumbra por su maestría y la maravillosa urdimbre que ilumina con los fogonazos de su talento puesto al servicio creador de la literatura con mayúsculas.

En esta obra, separado en capítulos independientes, el autor va mostrando sus vivencias, encuentros, desencuentros, afectos y desafectos, pero sin dejar de mostrar en cada capítulo narrativo que lo importante no es lo que cuenta y que lo es mucho, sino cómo lo cuenta, dejando al lector en cada página fascinado por la soberbia prosa y la hondura de este texto en el que se pueden ver claramente las huellas indelebles de un maestro.

Los personajes con los que se cruza en su discurrir vital son muchos y de renombre, lo que añade un plus más a este gran libro, y por citar a unos pocos se pueden encontrar a Gil de Biedma, Blas de Otero, Camilo José de Cela, Rafael Alberti, Paco de Lucía o Félix de Azúa, por citar unos cuantos y dejando a muchos en el tintero. A todos ellos nombra, retrata magistralmente y lo hace no sólo como alguien que conoce bien a quienes nombra, sino como un agudo y lúcido observador que sabe calar en la psicología de los otros y puede hablar con profundidad y lucidez, sin dejar la objetividad de lado.

Este libro, además de todos los datos que aporta, de los muchos personajes conocidos que pululan por sus páginas, también ofrece una lectura que no puede ser rápida y sin pausa, porque requiere atención, capacidad de disfrute en cada párrafo y el sosiego necesario para poder leer con deleite a uno de los grandes de la literatura española que hace alardes en esta obra de su maestría y de su dominio del lenguaje.

Este nueva obra de Caballero Bonald es recomendabilísima para los que siempre han sido seguidores adictos a sus obras y para quienes no hayan leído nada de este gran autor, ya que, tanto unos como otros, van a encontrar motivos para disfrutar de su lectura que no dejará indiferente a ninguno.

Cuentos carnívoros, Bernard Quinny

Cuentos carnívoros
Bernard Quiriny
Traducido por Marcelo Cohen
Acantilado
216 páginas. 


por 
Ana Alejandre


Existe una gran mayoría de lectores aficionados al género de terror y también al llamado de ciencia ficción o fantástico. Ese amplio número de lectores tienen en esta obra una buenas horas de lectura amena, pero también con una enorme carga de terror, suspense, imaginación desbordante, situaciones inverosímiles pero cargadas siempre de una buena dosis de miedo que va aumentando a lo largo de los diversos relatos que componen esta obra.

Para ilustrar bien lo antes dicho no hace más que aludir a los temas tratados en cada relato para que el posible lector esté avisado de lo que puede encontrar en esta obra fantástica, en el doble sentido de la palabra, porque además de encontrarse personajes y situaciones que tienen ese calificativo, se puede considerar de extraordinaria calidad en su género. Por ejemplo y para ambientar al futuro lector de este volumen de relatos, sólo que hablar de algunos de los que componen este libro y que son temas de por sí suficientemente explícitos: espejos con ansias de venganzas, escritores delirantes, músicas indefinibles, una sociedad que considera que las mareas negras son la máxima expresión artística posible; sin olvidar a un obispo que amanece cada día en dos cuerpos alternativos y sus correspondientes idiosincrasias y, por si todo esto fuera poco, el caso del amante que recuerda la noche de amor y pasión truculenta e inolvidable de su vida y para ayudar a su memoria le agrega unas gotas de sangre a los zumos para así poder recordar mejor aquella noche de pasión y terror.

Esta autor no cae en el tópico de considerar que el término fantástico sólo se puede asociar con situaciones más propias de cuentos de hada protagonizadas por animales míticos e imposibles, paisajes fantasmagóricos poblados de dragones, brujas, magos y encantamientos, porque cree que dicho género fantástico se puede basar en historias de nuestros días, pero llevando a sus personajes a situaciones en las que lo posible y lo imposible, lo real y lo soñado se entrecruzan, cambiando, para conseguirlo en sus relatos, las inmutables leyes de la Naturaleza para crear así una cosmovisión en la que todo es posible que coexista en la frontera de la imposible en una combinación en la que sólo pone el límite la propia imaginación de su autor y la del propio lector, en una complicidad necesaria para poder hacer posible que la magia que subyace en estos relatos cautive y aterrorice, al mismo tiempo, al lector por avezado que sea.

Los recursos narrativos de este autor son múltiples y usados en una sabia combinación de los acontecimientos reales con los supuestos fenómenos paranormales, creando así una atmósfera que no sólo atrapa a los protagonistas de estas historias, sino también al lector que va sintiéndose cada vez más sumergido en las continuas carambolas, a modos de giros en las historias, y la sabia dosificación de la sorpresa que no permite al lector ni un minuto de pausa en la tensión, el miedo, la fascinación y la angustia.

Por esta obra Quiriny merece entrar por méritos propios en el sacrosanto santuario de los más afamados y reconocidos autores del llamado género fantástico, la mayoría de ellos muertos hace ya mucho tiempo, porque sabe combinar a la perfección todos los ingredientes necesarios para ofrecer al lector una obra como ésta que no le dejará indiferente en ninguna de sus páginas, entre las que se quedará atrapado y le acompañará su recuerdo a lo largo de mucho tiempo por la extraña atmósfera en la que se desenvuelven estos cuentos carnívoros, cuyo título ya indica que quien comience su lectura va a ser devorado por la angustiosa sensación de atracción/repulsión, binomio fatal pero eficaz para que una obra perdure en la memoria de sus lectores.

El padecimiento continuo, Charles Bukowski

El padecimiento continuo
Charles Bukowski
Traducción: Silvia Barbero.
Visor. 151 página


El siglo XX se distinguió, entre otras cuestiones, por ser un siglo en el que fue protagonista la locura en forma de guerras mundiales, exterminios masivos, uso de la energía atómica y otras formas tecnificadas de la barbarie y el horror. Charles Bukowki fue un  escritor en el que se encarnó el espíritu demencial del siglo en el que vivió, y en su obra y vida dio un ejemplo dramático de toda la tragedia humana protagonizada por los perdedores, por los seres anónimos que viven sus existencias sumidos en el caos de la sociedad que los aplasta, de los marginados, de los seres sin más protagonismo que el de sus propias vidas abocadas al fracaso, a la resignada aceptación de ser un número más en las listas de ciudadanos que sólo tiene un valor estadístico y demográfico.
Bukowski rechazó la seguridad de un empleo estatal y decidió hacer el guión de su propia vida situado en su propia atalaya de maginado que clama contra la sociedad a la que rechaza y que le margina, a su vez, en su calidad de poeta heterodoxo. Aunque nació en Alemania, se trasladó a Los Angeles (EE.UU) cuando contaba tres años de edad y allí permaneció durante toda su vida y reflejó ,como pocos autores americanos, la vida en ese país, especialmente de los marginados, de los seres fracasados y elienados  que, como él, se debatían entre el alcohol, la poesía y su propio talento que parecía ser su mascarón de proa para no ahogarse en la desesperación y en sus vómitos de borracho.
            En este libro extraordinario, aparecen sesenta y dos poemas inéditos. El título es claramente definidor porque se refiere a ese padecimiento continuado que no cesa porque forma parte de la propia mente psicótica de su autor. En estos poemas se advierte a un Bukowski en su más pura esencia y con sus características más definitorias, honesto, desagradable, irónico, violento, obsceno, apasionado y constante en sus obsesiones.
            Leyendo estos poemas es fácil recordar la frase de Sartre cuando afirmaba:”El hombre nace libre, responsable y sin excusas”. Y esta afirmación parece hacerla suya Bukowski cuando afirma implícitamente que la culpa de los problemas y desgracias de cada ser humano no lo tiene la sociedad ni los demás, ya que no tienen el poder los otros de redimir o condenar al prójimo, pues ésta es una labor que cada ser humano hace por sí solo, quiera o no aceptar esa verdad.
 Habla siempre del tema que a todos nos interesa primordialmente: uno mismo. Es su tema favorito y recurrente. Su mala opinión es generalizada contra las mujeres, hombres y cosas, pero no es por unas creencias o fobias personales, sino ayudado por sus propias experiencias que lo marcan. Todos sus personajes inspiradores son siempre un trasunto de sí mismo: fracasados, seres anónimos con pasados no siempre edificantes, pero sin futuro, y a algunos personajes arquetípicos de nuestra época como pueden ser Ginsberg, , Kerouac,  Salinger, Burroughs, etc. La mezcla de personajes reales e irreales es completamente irreverente, porque todos ellos procedan de una misma fuente: la mente, la imaginación creadora y todo ello con una métrica más musical que poética, pues el  ritmo de rock lo invade todo, y también en el lenguaje de los comics que él conocía tan bien.
            Bukowski en su soledad buscada, no por misoginia, sino por su propia  y libre decisión de psicótico que busca en el alcohol nuevas vías de expresión, rehúye cualquier contacto social o participar en las múltiples variedades de las ceremonias sociales, porque en su propio aislamiento se siente a salvo de los peligros de la supuesta  civilización en la que encuentra más ecos de violencia y barbarie que de convivencia pacífica. Para él no existen más lugares donde está que entre las cuatro paredes de un bar, ni más posibilidades que buscar la propia evasión a través del turbio laberinto del alcohol.
            Esta poesía de Bukowski no es para espíritus delicados, sino para los que buscan la poesía más honda, humana, trágica y desestabilizadora, pero toda ella atravesada por una belleza  sin paliativos y sin misericordia , por una constante y permanente sinceridad en la que intenta insertar todo su deseo de matar a una realidad que lo rodea y que está protagonizada por los poderosos, los siempre triunfadores, haciéndolo desde el lado del caído, del vencido y del que sabe que no existe salvación para él nada más que la muerte que se aproxima lentamente, pero siempre a lomos de la desesperación vital que anida en el corazón humano, lugar en el que sólo existe la posible salvación de la locura, de la propia aniquilación.
            Excelente poemario que nos muestra el verdadero rostro de un Bukowski más lúcidamente desesperado por su padecimiento continuo, el mismo que el de muchos otros seres al que les da voz a través de sus poemas transidos de verdad y belleza turbadora.