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sábado, 30 de diciembre de 2017

Rendición, Ray Loriga


 Rendición”, de Ray Loriga, novela en la que el eco del más puro existencialismo matiza la obra del más crudo pesimismo y la convierte en una parábola de la sociedad actual pasada por la propia visión de su autor.

Las redes sociales, móviles, internet, como ojos vigilantes que nos espían e impiden la intimidad personal en la ciudad de cristal de ámbito planetario.


“Rendición”, de Ray Loriga, Premio Alfaguara 2017, es una novela que transcurre en un lugar fuera del mundo, en el límite del mundo y en la transparencia de este que no es otra cosa que la que ofrecen las redes sociales y los medios informatizados que van recogiendo todos nuestros datos sin apenas darnos cuenta. El imperio que ejercen estos invisibles hilos sobre las conciencias y el ánimo de los millones de seres de todo el planeta que han convertido al ordenador y a las redes sociales, estas como representantes genuinas de internet, en el cuasi ojo del gran hermano que todo lo ve y en el artefacto mágico del que emergen las ideas, los consejos, las prohibiciones, los estímulos para el consumo más feroz, para crear los miedos, los deseos, las opiniones y difundir las leyendas urbanas y todo los que conforma el imaginario individual y colectivo de una sociedad informatizada, despersonalizada y alienada de individuos que ‘prefieren no pensar por sí mismos y seguir las directrices, la opinión y las consignas que nacen y se reproducen incansables en las virtuales redes sociales y en los medios de comunicación y de opinión.

Según este autor, durante el día y la noche nos observa un testigo invisible y despiadado. Algunos pensarán que es Dios, nuestra propia conciencia o ese gran ojo vigilante creado y controlado por los gobiernos, o incluso por las instancias supranacionales y de ámbito universal. Esa continua vigilancia de la que nos somos conscientes parece llevarnos a todos a una era apocalíptica y a convertirnos los ciudadanos en seres humanos desprovistos de todo tipo de memoria, de los cinco sentidos, de nuestra privacidad, y a vivir sin esperanza de futuro, porque nuestra identidad queda borrada en esa masa informe de seres aborregados, alienados, como meros zombis biológicos, que sólo cumplen la metas, los objetivos y las órdenes que se van filtrando en nuestros cerebros a través de los medios de comunicación y de las siempre sutiles redes sociales que mediatizan la opinión y la uniformizan sin divergencias, borrando el criterio personal para convertirlo en algo difuso, influenciado y generalizado.

Rendición habla de muchas cosas distintas y que afectan al común de los mortales, como son: la muerte, el desamor, el fastidio, la rutina, la paternidad, la costumbre, la posesión, el engaño; así como habla del trabajo, el sindicalismo, la limpieza, el destino y el bien común y, especialmente, de la mierda, y sin ánimo escatológico.

Utiliza el autor un lenguaje sencillo y una prosa clara, casi cristalina, con la que cuenta hechos atroces sin alterar el ritmo que sigue un continuo fluir sin saltos. Los diálogos apenas existen y los pocos que hay se encuentran formando parte del resto de la escritura, como queriéndoles dar poca importancia en el transcurso de la narración. La prosa de Ray Loriga, por ese motivo, puede parecer fría y desapasionada por ser demasiado aséptica en la dura descripción, sin emotividad ni apasionamiento.

Esta novela se puede considerar una alegoría, una parábola del absurdo del mundo, de la sociedad actual, en la intención de su autor que ha pretendido convertirla en una obra cercana a La Náusea de Sartre y al existencialismo. La náusea está presente en la sensación angustiosa de la nada en la que está inmersa una sociedad en la que se ha perdido la intimidad, en la que todos estamos expuestos a ser mirados, criticados y enjuiciados en una simbólica ciudad de cristal que no permite la intimidad ni los secretos, ni tampoco mantener la vida personal a resguardo de miradas curiosas, de la continua observación a través de los supuestos medios de comunicación interpersonales que actúan como un ojo vigilante que nos espía sin descanso.

También, parece indicar que esa ciudad de cristal, transparente y vigilante, es la propia cárcel interior en la que todos estamos encerrados, porque está en nuestro interior y aceptamos los barrotes psicológicos que nos encierran por simple conformismo, por comodidad, por miedo a la rebelión y por puro y duro sentimiento previo de derrota. El mal de muchos es el consuelo de todos, y en ese sometimiento a un tipo de vida que nos aliena, nos conformamos con una existencia que nos asfixia en un mundo que se ha vuelto inhóspito, incomprensible y cada vez más invivible.

El protagonista ha perdido a su mujer y a sus hijos en la guerra, símbolo de todas las guerras, al igual que ha perdido todas sus posesiones. Lo único que le queda es el vacío de sus ausencias, el sinsentido del mundo que lo rodea y el caos emocional de tanta pérdida no asumida.

Se aprecian en esta obra influencias que recuerdan a Juan Rulfo, del que este año se celebra el primer centenario de su muerte, y de Albert Camus. Aunque ese deseo de emulación por parte de Loriga quede en un simple intento, porque este autor es muy diferente a ellos, aunque juegue con el mismo pesimismo subyacente en su obra que los autores señalados. Intenta usar el mismo y sencillo lenguaje que aquellos autores y la claridad con la que va exponiendo su drama, sus sufrimientos, sin quebrantar en ningún momento su discurso en el que no utiliza adjetivos, no intenta dramatizar, y en su prosa aséptica se va desgranando el horror que está viviendo en un mundo que se ha vuelto una trampa mortal, una ratonera sin salida. Este autor parece querer también, emular a escritores como Kerouac, Bulowski y Carver, aunque sólo queda en e intento.

Rendición, es una novela que pretende ser alegórica del mundo real en el que vivimos y en el que el ser humano se encuentra más perdido y solo, a pesar de que virtualmente cada vez se relaciona con más gente a través de las redes sociales y sus señuelos. Una novela demasiado ambiciosa para los resultados conseguidos que ha quedado sólo en el intento fallido de explicar el mundo caótico y complejo actual, utilizando el recurso de ese sempiterno “no se dice dónde” ni se sabe “cuándo” ni tampoco “quién” Especialmente, quién es , realmente, el narrador de los hechos, pues solo describe todos vagos, genéricos, indeterminados que no consiguen atrapar al lector y hacerle sentir que lo que Loriga cuenta es algo que le concierne o puede hacerlo. Lugares e ideas comunes que flotan siempre en la indeterminación del momento, del escenario que quiere ser uno y todos, al mismo tiempo, lo que agrava la poca credibilidad de los personajes que parecen prototipos sacados de una película futurista, a lo que ayuda la falta de emotividad, de expresividad y de calor humano en la narración. La voz del narrador y protagonista suena como la de un robot: fría, impersonal, inexpresiva y monótona, como si todo lo que contara no le afectara, aunque está contando su propia experiencia.

En esta novela hay demasiada asepsia narrativa, quizás para hacerle hueco a todo aquello de lo que quiere hablar el autor y que ha sido enumerado anteriormente y no puede dedicarle mucho tiempo a nada en concreto. Demasiada carne para tan poco fuego. Quizás, por eso la novela deja frío al lector y cuando termina de leerla piensa que Loriga le ha hablado de muchas cosas genéricas, pero sin contar nada en concreto. Todo demasiado intemporal, impersonal e indeterminado.

Una novela que, gracias a la publicidad del premio obtenido, llega a las librerías con todas las garantías de que se venderá mucho y decepcionará también a muchos. A todos los que esperan encontrar en ella algo que su autor no ha podido o querido llegar a expresar,. bien por exceso de planteamientos o, bien, por falta de medios, oficio y recursos narrativos para llevar a cabo tan ambiciosa intención con tan pobres resultados.

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Rendición, Ray Loriga, Premio Alfaguara de Novela 2017, Madrid, 2017

Apegos feroces, Vivian Gornick


AnaAlejandre
Apegos feroces
Vivian Gornick
Prólogo de Jonathan Lethem.
Traducción de Daniel Ramos
Sexto Piso, 2017. 195 páginas

“Apegos feroces” de Vivian Gornick. Una autobiografía sobre la relación siempre difícil y tormentosa de madre e hija.

Una reflexión crítica acerca de la condición femenina en la sociedad actual   


El tema de la relación entre madre e hija ha hecho correr muchos ríos de tinta y hay una serie de nombres de escritoras que hicieron de ese tema el eje central de sus obras, entre las que destacan las británicas Virginia Woolf y Doris Lessing; y las francesas George Sand y Colette, entre las más cercanas en el tiempo. Hay que destacar que la literatura francesa es la que más ha incidido sobre este tema tan candente y común para las mujeres de cualquier época y país, contrastando con la escasa atención, por parte de las escritoras del ámbito hispano, hacia este espinoso tema de relación materno-filial que parece ser un tabú en nuestra literatura.

Todas ellas eran escritoras célebres y controvertidas feministas y, también, compartieron la dura experiencia de vivir sus respectivas maternidades de hijas con las que mantuvieron relaciones conflictivas.

La influencia de la madre es muy importante para la maduración psicológica y emocional de su hija que toma a su progenitora como único referente para poder entender el mundo y conformar su propia identidad de mujer. Eso ya lo afirmaba Wirginia Woolf, destacando el importante papel que representa cada madre para su hija y para el aprendizaje verbal de esta, ya que es su madre quien le enseña a comprender el mundo que la rodea a través de los conceptos, ideas, prejuicios, creencias y fobias que van conformando el ideario de una mujer transmitido por su madre. Para ello, no puede contar con las experiencias masculinas que son diferentes en cuanto a la sensibilidad y forma de pensar a la de las mujeres, y, por ello, la mujer tiene que empezar a conocer, comprender y juzgar la realidad a través de la mirada de su madre que le va conformando la suya propia o, por el contrario, se convierte en antagónica por un afán de rebeldía, incomprensión o distanciamiento emocional.

El papel de una madre es fundamental para el crecimiento emocional de sus hijos, especialmente de sus hijas, desde antes de su nacimiento, por llevarlo nueve meses en su vientre. Ella va conformando todas las experiencias sensoriales del aún no nacido que le determinarán en el futuro su propio mapa emocional. Las hijas para poder empezar a ser autónomas como seres humanos necesitan crear su voz propia, rechazando y contrastando el discurso materno.

Esto es de lo que trata el libro autobiográfico Apegos feroces, de Vivian Gornick. Un análisis profundo y sin contemplaciones de la relación con su propia madre, desde la visión de la madurez de la autora y de la ancianidad de su progenitora.

La autora utiliza el diálogo con su madre ya anciana, en sus paseos por las calles de Manhattan, siendo ya una mujer madura; encuentros en los que se producen agrias discusiones, en muchas ocasiones. A lo largo de esos paseos se van desgranando sin cesar los diálogos en los que abundan los reproches, los recuerdos, las ya casi olvidadas complicidades, algunas recuperadas y, con ellas, Gornick va creando el relato que describe el esfuerzo de una hija por definir su propia personalidad y encontrar su propia voz, -la expresión de su pensamiento sin influencias maternas-, y su propia identidad de persona singular, sin dejarse mediatizar por la influencia notable de su madre, El tiempo no es lineal, sino que vuelve al pasado cuando era aún la autora una niña y adolescente, y cuando era una mujer adulta y su relación con su madre ya anciana. Ambos tiempos, pasado y presente, se superponen para crear una visión de conjunto que hace más completo el retrato de esas dos mujeres, enfrentadas y con esa relación de amor-odio profundo que sólo puede existir entre madre e hija.

Para ello, tiene que elegir entre dos modelos femeninos muy distintos, contrarios en muchas cosas, que representan dos mujeres, ambas viudas, su madre, por una parte; sumida en el dolor de la pérdida de su esposo; y Nettie, por la otra, su vecina, otra mujer sola que adopta una actitud diferente a la de la madre de Gornick, pues hizo del sexo y su relación con los hombres una forma de desquite y un arma para afianzar su propia identidad de mujer, sin dejar por ello de ser una habitante más del bloque de casas de judíos, en el Bronx en el que viven, y en el que las mujeres son mayoría en el entorno vital de las tres que protagonizan esta obra.

Ambos modelos de mujer la hacen sentir sensaciones contradictorias hacia ellos, pues siente rechazo y atracción, al mismo tiempo por los dos prototipos. Esa ambivalencia le marcará profundamente y será la que definirá su relación con otras mujeres, con los hombres y con el mundo laboral.

Gornick intenta analizar la causa que provoca que una hija pase de la más absoluta adoración a la figura materna cuando aún es una niña, a la etapa de rechazo físico y moral a partir de la pubertad y juventud. La autora define en una pregunta de su madre de por qué no se marcha ya que nada la retiene, la verdadera naturaleza del problema entre ambas: ella no puede dejar a su madre porque ya se ha convertido en una mujer igual a ella. No puede irse ni quedarse, en una ambivalencia que la define y la atrapa dentro de la contradicción que supone. Hace realidad la frase, o refrán español, que afirma que “toda mujer acaba pareciéndose a su madre”. Ese parecido que la autora rechaza, pero que advierte con el paso del tiempo y de la certeza de que ha ocurrido.

Como decía Lacan, el psiquiatra suizo que había estudiado la relación madre-hija durante cuarenta años y terminó confesando que era la cuestión más difícil y espinosa que había encontrado en su carrera profesional, por lo que afirmaba que, para que una relación madre e hija llegue a un punto de encuentro y entendimiento entre ambas, primero tiene que ser devastadora.

Eso es lo que Gornick ha intentado explicar a través de esta obra y sus múltiples vericuetos. La relación de madre e hija sólo puede llegar a ser buena cuando deja de existir la rivalidad, la dependencia emocional de la hija hacia su madre, y crea aquélla su propia identidad en la que siempre habrá retazos de su madre, pero de cuya influencia habrá quitado todo lo aceptado como valedero sin haber pasado primero por la criba de su propio criterio personal.

Sólo desde la libertad se puede crear y transformar una relación difícil y traumática en otra más cálida, enriquecedora y satisfactoria. Labor difícil para madre e hija que siempre terminan encontrándose, antes o después, cuando los años, la experiencia, el desencanto y la desilusión vital han hecho su labor en el ánimo de las dos y les otorga la lucidez `para comprender que ellas son, como todos los seres humanos, igual de imperfectas, insatisfechas, limitadas y vulnerables que el resto de los seres humanos. Solo entonces, los reproches y el rencor dejan paso, al fin, al intento de acercamiento, comprensión y perdón.
Vivian Gornick (Nueva York, 1935) afirma que "toda obra literaria contiene tanto una situación como una historia". En su obra “The situation and the story” que constituye su antología sobre el subgénero del ensayo personal, sostiene que lo más necesario para hallar esa voz propia es saber quién habla y por qué lo hace. Para esta autora, la situación es el contexto o circunstancia, e, incluso, la trama; y la historia es la experiencia emocional, la idea que preocupa al autor, lo que quiere decir. Gornick, en1969, empezó a colaborar con el semanario alternativo The Village Voice, donde comenzó a reivindicar los principios del feminismo radical. Su periodismo lo iniciaba desde las barricadas del movimiento y con especial acierto, ya que, supo llevar esa mirada a la crítica literaria. Esta autora es una de las voces más importantes de la segunda ola feminista de EE.UU., y su obra “Apegos feroces”, fue publicada en 1986 en dicho país., con éxito clamoroso y eso le permitió convertirse en un referente literario y una de las voces más importantes del feminismo de su país.

Esta autobiografía novelada es de lectura recomendable para comprender la relación, siempre traumática pero indestructible, entre madres e hijas, narrada por una autora que es una ardiente feminista, combativa y exigente, pero que no deja por ello de ser mujer y escritora que sabe narrar y tiene de qué hacerlo con sinceridad, en algunas ocasiones, crudeza, en otras, pero nunca exenta de sensibilidad y comprensión hacia el difícil mundo lleno de contradicciones de la mujer actual.

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Apegos feroces. Vivian Gornick. Prólogo de Jonathan Lethem. Traducción de Daniel Ramos. Sexto Piso, 2017. 195 páginas.