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martes, 7 de julio de 2015

"Trastos, recuerdos". Una biografía de Wislawa Szymborska
Portada de "Trastos, recuerdos".
Anna Bikont y Joanna Szczesna,
Elzbieta Bortkiewicz, Ester Quirós,
 Editorial Pre-Textos, 2015, 676 páginas.


"Trastos, recuerdos", la  interesante biografía de Wislawa Szymborska, descubre la singular personalidad de la escritora.

            Una biografía interior no al uso de la Premio Nobel de Literatura, en 1996, siempre reservada y celosa de su intimidad.
           

            Las dos periodistas Anna Bikont y Joanna Szczesna, publicaron en 1997 la biografía de la poeta Wislawa Szymborska (1923-2012), escritora y premio Nobel polaca que se acaba de publicar en España por la editorial Pre-Textos con el título Trastos, recuerdos. En sus 676 páginas se puede encontrar la biografía especialmente interesante, sugerente y distinta a las biografías al uso, de esta mujer singular y una de las voces poéticas más originales de su país.
            Las biógrafas tuvieron que buscar datos de la escritora en sus propios textos publicados en la columna literaria Lecturas no obligatorias que escribió durante más de treinta años en  la Gazeta Wyborcza para encontrar en ellos algunos datos biográficos, ideas, gustos o hábitos de la poeta que era extremadamente celosa de su intimidad, por lo que siempre fue reacia a conceder entrevistas. Eso lo demuestra el hecho de que en sus primeros 73 años de vida sólo había concedido una decena de entrevistas cortas hasta que, para la primera edición de esta obra comentada, aceptó ser entrevistada por las biógrafas autoras de esta biografía al conocer el intenso trabajo de búsqueda de las mismas, que habían buceado, siempre de forma indirecta, en la enigmática vida de la poeta.  Las dos periodistas habían estado buscando todo el material que dibujara con más precisión el mapa mental y emocional de esta escritora que permanecía siempre oculta en el claroscuro de su enigmática personalidad nunca antes desvelada. Para ello, además de leer su obra literaria y artículos, se entrevistaron con más de 100 conocidos y amigos de la escritora para intentar conocer detalles de su personalidad, de su intimidad siempre oculta a las miradas curiosas.
            Szymborska nunca hablaba de sus sentimientos ni de su vida interior ni de las huellas que en su vida tuvieron las trágicas experiencias que vivió durante la II Guerra Mundial y posteriormente como fueron la ocupación nazi, el holocausto que ésta propició; la posterior invasión soviética de su país, el terror del estalinismo y la trágica etapa que esto supuso; el sufrimiento, las consiguientes pérdidas de seres humano cercanos, como fueron un joven del que  estaba enamorada y murió en el campo de Prokicim,  y la muerte de su primo Román durante el alzamiento de Varsovia. A todo ello se unía la incertidumbre de un futuro que se teñía de total oscuridad y el miedo que provocaban los diferentes cambios políticos que dejaron un reguero de víctimas, de vidas desarboladas, desolación y muerte.
            De Wislawa Szymborska se conocían sólo aquellos datos biográficos externos que sólo hablan de fechas, lugares y hechos; pero se desconocía totalmente todo aquello que conforma la verdadera identidad de cada ser humano en el plano intimo como son sus impresiones ante esos mismos hechos, traumas, sentimientos, pensamientos y emociones que son el resultado de la vida exterior y que construyen la vida interior y le da sentido a aquélla.
             De los datos externos se sabe que nació en la provincia de Poznan, en 1923, pero se trasladó muy pronto junto a su familia, en 1931, a Cracovia, lugar al que siempre ha estado profundamente ligada.
            Comenzó a publicar en 1945, cuando contrae matrimonio con el que sería su primer marido, Adam Wlodek, y empieza a escribir en diferentes revistas. Su primera obra  publicada fue Busco la palabra, aunque su reconocimiento literario fue posterior y le llegó por su poemario  Por eso vivimos (1952); obra a la que siguió Preguntas planteadas a una misma (1954), como resultado del rechazo que sintió ante la tragedia de la ocupación nazi de su país, siendo ambas obras exponentes del realismo socialista propio de la época y encuadradas dentro de la línea historicista que éste propiciaba,  estando ambas muy influenciadas por la obra del poeta ruso Vladímir Maiakovski al que admiraba profundamente.
            Participa de forma activa en el movimiento que surgió en Polonia a partir de 1956, al igual que en otros países del área soviética, que hizo resurgir el sentimiento nacionalista defendido activamente por intelectuales que condenaban el régimen estalinista y actuaban en un intento de superar dicha fatídica etapa y las consecuencias letales que tuvo para muchos pueblos entre los que se contaba el  de la nación polaca. De esa época, en pleno desencanto de su ideología y descubrimiento de la falacia en la que había vivido junto a otros muchos escritores e intelectuales del momento en el que reconocía todas las "acrobacias mentales" que hacían para "no saber lo que no queríamos saber", para no reconocer la verdad, la oscura y siniestra verdad del comunismo, es cuando muestra un total rechazo a sus dos primeras obras por considerarlas erróneas en cuanto su ceguera de entonces con respecto al falso y tétrico paraíso comunista en el que creyó como tantos otros jóvenes del momento. Es en esa época de descreimiento y amargo desengaño cuando escribe su único poema, Pienso el mundo (1958), en el que no hay atisbo de humor ni de esa fina ironía que la caracteriza y que convierte a sus poemas en obras divertidas, satíricas, punzantes y  lúcidamente demoledoras de una dura realidad a la que combate en clave de humor.
            La escritora intentar plasmar sus reflexiones personales y su propio mundo interior en su obra, en una búsqueda constante de equilibrio espiritual perdido por el horror que vivía la sociedad polaca. En esa línea escribe Llamada a Yeti (1957), que parece ser la exposición de la más dura crítica a su  propio período de dogmatismo anterior, durante el que hizo alabanzas a la figura de Stalin y a la clase obrera. La crítica afirmaba que el Yeti (también conocido como el Abominable hombre de las nieves) era el trasunto de Iósiv Stalin. Otros títulos posteriores fueron Sal (1962), obra que ofrece una escritura sobria pero plena de humor e ironía que ofrece su visión de la vida humana como una parte del todo que es el Universo, sometido a un continuo proceso de evolución y cambio. Le sigue El gran número (1976) y al año siguiente publica Cien consuelos (1967) que son obras en las que se muestra de forma evidente la culminación de su estilo en el que predomina el tono intimista, la fina ironía y la importancia de la expresión paisajística y existencialista de su autora. Sus últimas publicaciones fueron Gente en el puente (1986), Fin y principio (1993) e Instante (2002).
            La obra de Wislawa Szymborska  ofrece una  naturaleza lírica  que sirve de base a la duda metódica, pero siempre en busca de las claves éticas de un mundo al borde del abismo. Se  encuentra cierta semejanza entre su estilo y el de Antonio Machado, a pesar de la distancia cultural entre ambos. También, entre ellos existe la coincidencia de que la escritora polaca utiliza, al igual que el poeta español, un léxico común y no académico, versos cortos y estrofas clásicas,  lo que le otorga a su escritura una gran nota de autenticidad, profunda belleza y fuerza expresiva. Todo ello le valió recibir ,en 1996, el Premio Nobel de Literatura.
            Estos son los datos de su biografía externa, pero siempre la escritora intentaba que su intimidad quedara a salvo de miradas curiosas. Por ello,  afirma (página 10): "Soy una persona muy chapada a la antigua, que se resiste a hablar de sí misma. Aunque quizás sea, más bien, al contrario: soy vanguardista: ¿y si en épocas veni­deras la moda de desnudarse públicamente fuera cosa del pasado?».
        Por ello, esta biografía, en su gran extensión de más de 676 páginas, no puede abarcar, sin embargo, la  larga y compleja vida  en toda su plenitud de esta escritora quien afirmaba, con ese prurito de pudor personal que la caracterizaba, que hablar en público de uno mismo empobrecía interiormente y lo decía de forma clara y tajante, tal como aparece en la primera página de esta singular biografía: "Confesarse públicamente es como perder tu propia alma. Hay que guardar algo para uno. No puede derrocharse todo". Y añadía: "Al contrario que la moda actual, no creo que todos los momentos vividos en común sirvan para mercadear con ellos".
     Szymborska no  explicaba hechos ni recordaba fechas, pues como afirma implícitamente en su famoso poema Para escribir un currículum, la verdadera esencia de toda vida no se puede reducir, aunque así se impone, a un montón de fechas, lugares, sucesos y demás datos externos, olvidando lo que conforma realmente al ser humano que vive esos factores externos desde su propia idiosincrasia que les da una significación y definición auténticas, sin las cuales los hechos externos son datos inconexos que nada expresan de cada persona, de su verdadera identidad singular, única y diferente, que es el crisol en el que los factores externos se convierten así en el mapa emocional y vital a través de la misteriosa alquimia de la vida.

            Para escribir un currículum

Se debe escribir una solicitud, y a la solicitud adjuntar el currículum.

No importa cuánto dure la vida, el currículum ha de ser breve.

La concisión y selección de los hechos es obligatoria. Los paisajes deben convertirse en direcciones y dudosos recuerdos en fechas inmóviles.

De todos los amores, basta con el matrimonial, y en cuanto a los hijos, sólo con los nacidos.

Importa más quién te conoce que a quién conoces.
Los viajes, sólo si son al extranjero. Los vínculos sí, pero sin el porqué. Y las condecoraciones sin el mérito.

Escribe como si nunca hubieras hablado contigo mismo y siempre te hubieras visto desde lejos.

Ignora perros, gatos y pájaros,
trastos y recuerdos, amigos y sueños.
(de Gente en el puente, 1986)

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Este artículo ha sido publicado en Diario Siglo XXI/Cultura/libros el 22 de mayo de 2015 (ver vínculo)


"La isla del padre", Fernando Marías
La isla del padre
(Premio Biblioteca Breve 2015)
Fernando Marías
Seix Barral, 2015, 178 pp.


            Esta novela, aunque habría que llamarla mejor aún biografía novelada, es la obra de madurez de Fernando Marías, autor con una larga trayectoria literaria en la que ha recibido premios tan importante como el  Nacional de Literatura Juvenil, el Premio Nadal y el que ha galardonado a esta novela, entre otros.
            En esta novela el autor se desnuda emocional y psicológicamente para hablar de su padre, el verdadero protagonista de esta obra aunque sea una figura en la penumbra, por lo que el autor es sólo el artífice narrativo que va plasmando sobre el papel las emociones, los recuerdos, las vivencias, el desgarro y el dolor que le ha producido la muerte de su padre nonagenario, y toma su fallecimiento como punto de partida para reflexionar sobre la relación paterno filial y la verdadera incógnita que es todo ser humano para los demás, incluidos los seres queridos, los más próximos, pero no por eso menos desconocidos.
            Marías va desgranando sus recuerdos, su nostalgia por su padre, figura ya irrecuperable, mientras va reflexionando sobre el paso del tiempo, la soledad, el amor, el desamor y la muerte, esa estación final que nos aguarda a todos aunque sea en momentos y circunstancias diferentes, pero estación final de toda vida que culmina en esa misteriosa figura que siempre aparece aunque no se le haya llamado ni se la espere, pero puntual a su tétrica cita.
            El autor va consiguiendo atrapar al lector a través de una narración limpia, clara, intensamente emotiva, pero sin caer en falsos dramatismos, siempre en el punto equidistante en la sinceridad más absoluta y la mayor contención en la exposición del dolor que se advierte en su escritura; ese mismo dolor por la muerte de su progenitor y también por el tiempo perdido  en el que hubiera podido hacerle mil preguntas, confidencias mutuas y compañía que siempre se quedarán prendidos en ese reloj de las horas muertas que va marcando las ocasiones perdidas, las ausencias, la falta de diálogo, la incomunicación y el miedo al otro, ese Miedo Mutuo como le llama y que encierra la clave de la relación con su padre, miedo a conocer y a reconocerse en unos ojos que reflejan la propia imagen, pero a los que nunca se llega a profundizar porque algo lo impide: el temor, el pudor y, sin duda, el rencor soterrado que siempre subyace en toda relación padre-hijo y que adopta mil subterfugios, mil excusas para aplazar esa conversación definitiva, ese rompimiento del hielo que separa a ambos, especialmente al hijo que no quiere dar el salto que le hubiera acercado a la figura paterna ya perdida para siempre.
            El narrador, en tiempo presente, va recordando retazos de la vida de su padre, tratando de llegar a una imagen más nítida, precisa y esclarecedora que le proporcione elementos para comprender mejor a su progenitor, a esa imagen añorada que se ha llevado consigo todos sus secretos, ese enigma que todo ser humano es siempre para los demás, inclusive para sí mismo.
            Todos los elementos a su alcance le ayudan a ir componiendo el gran mosaico, tesela a tesela, de la vida de su padre y de su relación intermitente con él: fotografías, informe de la Marina Mercante que va desglosando la vida del padre marino y sus sucesivos destinos, además de mapas para situar lugares geográficos, anotaciones, etc. Todos ellos elementos necesarios para ir escudriñando ese misterio de quien por cercano no es más conocido que un extraño, porque como el propio Marías afirma en la narración "Cada mente es un universo sellado" (pág. 52).
            El recuerdo del padre, unido a él por ese Miedo Mutuo, como lo define Marías, porque supo que nacía entre ellos desde pequeño, cuando el padre volvió de uno de sus viajes y se encontró el rechazo y el recelo de su hijo, todavía casi un bebé, por el miedo a ser destronado de ese reino en el que él era el único varón y rey del espacio que ocupaban su madre y su abuela que sólo vivían para darle toda la atención y amor del que era el único destinatario y que se ponía en peligro por la irrupción de aquel desconocido que era el padre recién llegado y desconocido.
            La novela sigue transcurriendo y, a través de sus recuerdos, aparece perfilada la relación entre padre e hijo, la pasión cinéfila de Fernando Marías que quiso ser director de cine y, después, se decantó hacia la literatura. Todo va perfilando el mapa mental y emocional de este escritor que, al escribir esta biografía novelada, memorias en suma, va también descubriendo la sociedad española de varias décadas atrás, todo aquello que conformaba la vida de este escritor hasta llegar a ser el hombre que es ahora, con el bagaje de experiencia, de triunfos y fracasos, de amor y desamor, de encuentros y desencuentros que conforma la vida de todo ser humano y que va dejando arrugas no sólo en la piel, sino también en el alma.
            La isla del padre, es la narración del retorno a ella, en la que habita ese ser, el padre del autor, próximo y lejano a la vez, como es todo ser humano por cercano que esté, isla hecha de soledad y distanciamiento. Esta obra no es otra cosa que la vuelta a los orígenes, a todo aquello que nutrió la imaginación, la sensibilidad, los sentimientos de su autor -como le sucede a cada ser humano con su propio pasado-, para poder encontrar en ese viaje de retorno la explicación del itinerario seguido hasta el presente, los vericuetos elegidos y encontrados al azar, los abismos sorteados, y los naufragios sufridos, esos de los que siempre  se guarda algún resto o vestigio que  recuerda que no todo fue un sueño aunque  se viva para contarlo.
            El libro, aunque avanza en el tiempo en un continuo flash-back, avanza y retrocede a diferentes momentos narrativos, ilustrando así mejor cada escena con la evocación de otras anteriores que le dan sentido y significación. Esa técnica cinematográfica, pasada ya a la literatura, le da un mayor dinamismo a la narración que la que podría proporcionarle el tiempo narrativo lineal, sin saltos en el mismo.
            Esta novela es, pues, la obra de mayor madurez de Fernando Marías como autor, además de ser un ajuste de cuentas con la memoria y con su propia vida; pero siempre con el telón de fondo de la imagen paterna que es el hilo conductor que le sirve para hilvanar esos recuerdos de un pasado ya perdido en los que ha quedado prendida la imagen de su padre, igual de perdida su añorada y ya irrecuperable presencia que deja al autor la intensa sensación de pérdida, de orfandad, de nostalgia y de culpa, esa indefinible culpa que toda muerte deja en quienes se dan cuenta de que el tiempo, una parte de su tiempo, es lo que le han negado a quienes murieron esperando la compañía, el afecto, la comprensión y la aceptación por parte del otro.
            La isla del padre es a la que Fernando Marías quiere llegar a nado en el inconmensurable océano de la memoria para poder alcanzar, al fin, esa isla paterna en la que se encuentre, cara a cara, con la soledad del padre, la misma soledad del hijo, hombres solos a los que separaba el Miedo Mutuo que no era otra cosa que el miedo a ser rechazado por quien también esperaba impaciente la llegada improbable del hijo.
            Excelente autobiografía novelada, en la que aparece Fernando Marías en su mayor autenticidad,  madurez creativa y sin la máscara que todo escritor pone a sus criaturas de ficción detrás de las que se esconde para no ser herido por el arma letal que es la verdad de la propia vida, la verdad de un escritor que deja de serlo para convertirse, únicamente, en un ser humano que trata de encontrar la verdadera imagen del padre y, a través de ella, la  verdad de sí mismo, territorio inexplorado y siempre desconocido en el que siempre da  profundo miedo entrar y llegar a conocer.   

miércoles, 18 de marzo de 2015

"Rosa enferma", de Leopoldo María Panero



Rosa enferma 
Portada de "Rosa enferma", Leopoldo María Panero, 
Leopoldo María Panero
Huerga &; Fierro,
Madrid 2014, 96 pp.

"Rosa enferma", de Leopoldo María Panero, obra póstuma del últimos de los poetas malditos españoles.


            El poemario inédito que dejó Leopoldo María Panero al morir, ha sido publicado por sus editores de los últimos tiempos, Huerga & Fierro en este mismo año de su muerte.
             Compuesto de 58 poemas que son el más fiel reflejo de la mente, del pensamiento y sentimientos de su autor, ese poeta maldito, siempre a caballo entre la locura y la cordura, pero poeta que hace vibrar con la belleza tenebrosa de sus poemas a cualquiera que se enfrente a ellos, aunque sea con el ánimo encogido y el corazón deslumbrado por la belleza terrible que plasman y que no son otra cosa que el lamento siempre continuado de un hombre que pasó los últimos cuarenta años de su vida entre manicomio y manicomio, en un triste periplo por el territorio nacional por el que fue dejando tras de sí a familiares, amigos y quedando definitivamente derrotado y solo, tal como dice en este poemario : "Como si estuviera por fin solo/Colgado del último verso".
            La poesía salvó a Leopoldo María Panero de quedar irremediablemente sumido en la locura, porque esa necesidad de escribir, de expresarse, le conectaba con lo más profundo de su ser, con su talento poético inagotable, pero también era como un lacerante grito de dolor que ponía de relieve la mayor y más desnuda verdad de sí mismo y del enigma en el que el sufrimiento lo había convertido para sí mismo y para los demás.
            Decía Shakespeare que "El poeta es el espía de Dios", quizás porque es el único capaz de llegar a vislumbrar esas zonas oscuras, terribles, del alma humana, en el que la mirada de un no poeta no puede traspasar nunca.    Leopoldo Mª Panero lo supo hacer desde el primer momento que quiso escribir poesía, desde el instante en el que se dio cuenta que la esquizofrenia era el muro que le separaba de los demás mortales, supuestos cuerdos, pero también ciegos y desprovistos por ello de esa capacidad de horadar el alma humana, los entresijos de la mente que sólo se abren a la mirada atenta, profunda y doliente de un loco con la capacidad poética y el profundo bagaje cultural de este poeta loco, hombre solo y derrotado, que nunca abandonó el estandarte de la poesía como único faro de salvación que le acompañaba e iluminaba con su luz en la oscuridad terrorífica del mundo que le rodeaba, que le asfixiaba entre electroshock, tranquilizantes, neurolépticos y demás parafernalia psiquiátrica, con la que Leopoldo fue perdiendo, poco a poco, su resistencia hasta llegar a esa humilde aceptación de su mal, de su terrible enfermedad, pero de la que nunca se rebeló, porque, quizás, pensaba que era el estigma que ese Dios en el que no creía, pero al que buscaba desesperadamente, le había marcado como la señal inequívoca de ser un elegido, al igual que Van Gogh lo fue en el terreno de la pintura, otro loco genial que enseñó al mundo mirar la realidad con otros ojos.
            En este poemario se mezclan otras muchas voces de poetas y artistas, vivos y muertos: Pessoa, Mallarmé, Artaud, Elliot, Chandler, Gimferrer, Goya, que se entremezclan en un concierto coral y que conformaban el imaginario de Panero, porque a través de esas voces reencontraba la suya propia como un profundo eco en el que se hermanaba. Ellas alimentaron su propia obra, como confiesa el  poeta, negando la absoluta originalidad de  su obra, en un acto de modestia que pone de manifiesto su altura moral, ética y poética. Todas esas voces formaban parte, junto a otras muchas, de un caudal siempre inagotable que unía sus sonoras aguas a las suyas propias de creación poética que le acompañó hasta su muerte, esa que le libró de sus propios fantasmas y le llevó al otro lado de la realidad, de la vida, a la que decía odiar y despreciar, porque de ella sólo obtuvo el dolor, la soledad, la incomprensión y su terrible orfandad, lo que le llevó a escribir, en uno de los poemas de esta obra póstuma, que todo eso le había llevado hasta el final. "Orinando sobre mi cadáver que es el único/ En saber el secreto inmundo de la vida".
            Esta obra es el testamento literario póstumo de quien supo, en todo momento, que la belleza también se esconde en la parte más oscura de la vida cuando un poeta sabe rescatarla del pozo de la congoja y la desdicha.
            Ya lo dice el poeta en uno de los trémulos poemas contenidos en este libro:     
           
VI

Lo que promulga el psiquiatra jefe de este manicomio
Ya la página lo dice, qué oscuro es la mortalidad retrasada
Qué terrible la vida que nada sabe del hombre
Porque el hombre se arrodilla sin remedio ante la página llorando
Y escupe contra el hombre
Y dibuja líricamente en un árbol la silueta del colgado antes de colgarse
El temblor oscuro del sepulcro
Que está hecho no para los hombres
Sino sólo para el silencio y la ruina
Y para la buena nueva del desastre
Para el terror gótico de estar vivo como un ángel
Por eso la poesía es el camino de la oruga
Que hablará de mí a los hombres
Cuando esté muerto
Cuando un caballo recorra las páginas
Y anuncie a los hombres la buena nueva
De que ya no estoy solo
En la Santa Compaña del cierzo y del silencio

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  Nota.-  Este artículo fue publicado en Diario siglo XXI/Cultura/Libros, el 15 de septiembre de 2014 (ver vínculo)


          

Lucrecia Borgia, la hija del Papa, de Dario Fo

Lucrecia Borgia, la hija del Papa,  de Dario Fo, proyecta nuevas luces clarificadoras sobre esta denostada figura histórica.

            Una biografía novelada insólita en su retrato del personaje.



            Lucrecia Borgia (Subiaco,1480 - Ferrara, 1519) además de su belleza extraordinaria que pintó Pinturicchio, siempre ha sido considerada como un personaje maléfico, poseedora de todos los vicios y símbolo de la más genuina maldad, a pesar de que ejerció el mecenazgo de escritores y artistas, y supo  acoger y proteger a sus familiares después de producirse la caída de su padre, el Papa Alejandro VI.
             Fue el último miembro de la poderosa, influyente y temida familia de los Borgia (apellido al que latinizaron más adelante convirtiéndolo en Borgia),  oriunda de Borja, región española que se encuentra en los confines orientales de la sierra del Moncayo (Zaragoza), aunque se estableció dicho linaje en Valencia en el siglo XIII. Uno de sus antepasados fue el obispo Alonso de Borja (1378-1458) que llegó a Roma procedente de Játiva y fue elegido Papa con el nombre de Calixto III, y quien se hizo famoso por su carácter déspota y cruel que le ganó el odio y rechazo de los romanos, de lo que se benefició su sobrino Rodrigo, padre de Lucrecia, quien consiguió sortear la animadversión que el apellido Borja había cultivado por la actuación de su tío y a la muerte de éste, gracias a la fortuna heredada, consiguió el papado con el nombre de Alejandro VI.
            Lucrecia vivió y creció en el seno de las poderosas, cultas, pero siempre depravadas cortes renacentistas italianas, en las que era práctica habitual la terrible costumbre de envenenar con diversas pócimas -especialmente arsénico-, a los invitados que representaban un estorbo o un peligro en el camino de ambición y búsqueda del poder de los anfitriones, obsequiosos en apariencia y criminales en su evidente intencionalidad. Dicha actividad criminal ha sido imputada a la propia Lucrecia, creando así su halo maldito que la convierte en un personaje temible y morboso que ha pasado a la historia.
            Dario Fo, el actor y dramaturgo italiano, Premio Nobel de Literatura en 1997, ha escrito esta biografía novelada que sirve de objeto de este comentario, en un deseo de rehabilitar la siempre denostada figura de Lucrecia Borgia, otorgándole una luz clarificadora que despeja las muchas sombras que se cernían sobre esta desdichada mujer que murió con sólo treinta y nueve años y en cuya corta vida vivió intensamente en pleno esplendor del Renacimiento. Desde su nacimiento su vida estuvo marcada de forma indeleble por la  lucha por el poder, la ambición y los avatares políticos en el seno de su famosa estirpe. Este insólito personaje ha despertado la atención de escritores, historiadores y filósofos, y ha hecho correr ríos de tinta en diversas biografías, libros de historia dedicados a su figura, ensayos y un largo etcétera, al que se suma esta obra de Dario Fo, escrito como un póstumo homenaje a la memoria de su esposa recientemente fallecida.
            En esta obra sobre Lucrecia Borgia, tan diferente a las anteriores que sobre dicha figura se han escrito, Dario Fo ha abandonado todas las teorías que sobre dicho personaje han sido las que han vertido sobre ella toda clase de conjeturas escandalosas, malévolas y distorsionadoras, para recrear su figura desde el punto de vista de la vertiente más humana, alejada de toda clase de corrientes históricas escandalosas, borrando la imagen de mujer viciosa, malvada e incestuosa, pero siempre teniendo como telón de fondo la época histórica en la que vivió y el día a día de la vida cotidiana. Todo el esplendor de las cortes renacentistas envuelve su figura, bajo la sombra  del Papa Alejandro VI, su padre, el Pontífice más siniestro y corrupto de la historia; además de la inquietante presencia de su hermano Cesar Borgia, otro personaje en el que la crueldad, la maldad y la maquinación se aunaban al servicio de su ambición.
            Lucrecia, fue así una figura útil que su padre y hermano utilizaban para crear alianzas que convenían a sus propios intereses. Los tres maridos de Lucrecia, fueron víctimas de las intrigas por el poder, siendo expulsados, asesinados o humillados. Alejandro VI casó a su hija, con sólo trece años, con Giovanni Sforza, aunque el matrimonio sólo duró cuatro años debido a las maquinaciones del Pontífice para romper esa unión, por lo que Sforza tuvo que huir, presumiblemente avisado por su esposa, lo que sirvió a los planes de Alejandro VI que pudo anular el matrimonio con la disculpa de que era impotente. Todo ello para casarla con su segundo cónyuge, Alfonso de Aragón, príncipe de Bisceglie, bastardo de la familia real de Nápoles, boda que se celebró en agosto de 1498, y con quien Lucrecia tuvo un hijo llamado Rodrigo que nació en noviembre del siguiente año. Mientras Cesar Borgia aspiraba al trono de Nápoles mantuvieron en vigor el matrimonio, pero una vez que sus aspiraciones se truncaron, Alfonso fue asesinado en presencia de Lucrecia. El tercer marido fue el duque de Ferrara, Alfonso de Este, quien la sobreviviría  al fallecer Lucrecia en 1519 de sobreparto.
            También las figuras de sus diversos amantes aparecen en esta obra, entre ellos el más importante para Lucrecia, el gran humanista Pietro Bembo, con el que compartía la gran pasión por el arte, la poesía y el teatro, pues Fo retrata a Lucrecia como una mujer inteligente, culta e interesada por el conocimiento.
            Fo, para quitarle la negra sombra del oprobio a esta interesante figura femenina, niega el incesto de Lucrecia con su padre y hermano; y descarta que ella fuera la madre del llamado "hijo de Roma", cuya paternidad fue reconocida sucesivamente por el Papa Alejandro VI y por César Borgia. Igualmente, desmiente el supuesto romance de Lucrecia con su concuñado, el marqués de Mantua.
            Lucrecia aparece así como una mujer atrapada en una vorágine de ambiciones entrecruzadas, intrigas, confabulaciones y lucha por el poder, en la que sabe que su propia supervivencia en ese ambiente insano depende de su familia y de su propia inteligencia para sortear los obstáculos y peligros que la rodean, aunque también tiene en su contra que sabe que tiene más integridad moral que todos sus familiares, sin que ello presuponga que es una mujer llena de ingenuidad e inocencia, pues posee, además de inteligencia y una gran astucia, una excelente capacidad organizativa e iniciativa que le permite formar un ejército o también realizar labores de vicaria para sustituir a su padre en ciertas ocasiones.
            Toda la obra de Fo está plagada de diálogos -aunque en algunos momentos estos parecen estar supeditados a la función de ofrecer datos, lo que fuerza la propia dinámica del diálogo-, en los que demuestra su maestría dialoguista como buen dramaturgo que es; además de ofrecer múltiples notas a pie de páginas que van aclarando conceptos, ofreciendo datos y dando así un marchamo de autoridad a toda la obra, algo insólito en este género -por ser un recurso que es propio de los tratados académicos-, en el que la historia y la ficción narrativa se mezclan, creando situaciones, diálogos y escenas que son fruto de la imaginación del autor y no de la propia y aséptica realidad histórica.
            Toda la narración ofrece una agilidad y ligereza que agradece al lector por hace su lectura amena que, sin duda, atrapara a los amantes de las novelas históricas y de la siempre apasionante época del Renacimiento  italiano, porque encontrarán en esta obra un motivo de disfrute y conocimiento, además de una más amable imagen de Lucrecia Borgia, iluminada por una luz que  proyecta nuevos y más benévolos perfiles de  este personaje siempre denostado, y suaviza las sombras con las que los tratados históricos la han cubierto siempre de ignominia.

Lucrecia Borgia, la hija del Papa. Dario Fo. Traducción de Carlos Gumpert. Siruela. Madrid, 2014. 272 páginas.
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Nota
Es artículo fue publicado en Diario Siglo XXI/cultura/libros el 17 de Noviembre de 2014 (seguir vínculo)

http://www.diariosigloxxi.com/texto-diario/mostrar/189172/lucrecia-borgia-la-hija-del-papa-proyecta-nuevas-luces-clarificadoras#.VQoopY6G9sI