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martes, 2 de octubre de 2012

William Faulkner, en el primer cincuentenario de su muerte






William Faulkner
El 6 de julio de 2012, hizo cincuenta años que moría William Faulkner, víctima de un ataque al corazón, uno de los más importantes escritores norteamericanos del siglo XX. Aunque nacido a finales del siglo XIX (1897), supo plasmar en su veintena de novelas el espíritu que alentó el conflicto entre el viejo y el nuevo sur de los EE.UU, ese sur que él mismo definió como el «que solo pueden entender los que nacieron allí».

Fue el mayor de cuatro hermanos, hijos de una familia sureña tradicional. Nació en New Albany (Mississippi), el 25 de septiembre de 1897 y vivió cerca de Oxford. Fue siempre un estudiante poco aplicado y desinteresado por los estudios a los que abandonó cuanto contaba 18 años, para empezar a trabajar en el banco de su abuelo.

Participó en la I Guerra Mindial en las fuerzas aéreas del Canadá, pero nunca llegó a participar en misión alguna como aviador. Cuando se licenció, ingresó en la Universidad de Mississippi, estudios que también abandonó para dedicarse a la literatura, mientras trabajaba en diferentes oficios para poder ganar el sustento.

Publicó, pagando la edición de su bolsillo, en 1924, El fauno de mármol, un poemario que carecía de total originalidad. Se trasladó al año siguiente a Nueva Orleans para trabajar como periodista y allí trabó amistad con el escritor de cuentos Sherwood Anderson que le ayudó a encontrar editor para su primera novela La paga de los soldados (1926), novela que narra las vivencias de un soldado que vuelve de la I Guerra Mundial con secuelas físicas y psíquicas y que acaba muriendo, provocando con su muerte consecuencias dramáticas para sus familiares y amigos. Anderson también le influenció y aconsejó para que escribiera sobre lugares y personas que Faulkner conociera en profundidad.

Vuelve a su tierra de origen después de un viaje por Europa y comenzó a escribir novelas de trama inquietante y compleja, casi barrocas, situándolas en un territorio ficticio que fue el escenario de muchas de sus obras y al que llamaba Yoknapatawpha (que le fue inspirado por el condado de Lafayettem, Mississippi), y al que pobló con negros, indios, herméticos y huraños provincianos y blancos pobres, para lo que se inspiró en sus propios antepasados sureños. La primera de estas novelas, Sartoris (1929), recrea a su propio bisabuelo, William Cuthbert Falkner, que fue soldado, político y constructor ferroviario, además de escritor, en el papel del coronel Sartoris que da nombre a la obra. Fue entonces cuando Faulkner devolvió a su apellido la u que le había sido arrebatada tiempo atrás.

A Sartoris, le sucedieron El ruido y la furia que fue la obra en la que alcanzó su plena madurez narrativa, también publicada en1929, año en el que contrajo matrimonio con Estelle Oldham, antiguo amor de infancia, estableciendo como su residencia la localidad de Oxford.

Le siguieron obras como Mientras agonizo (1930), Luz de agosto (1932), ¡Absalom, Absalom! (1936), Los invictos (1938), El villorrio (1940), Desciende Moisés (1942), Intruso en el polvo (1948), Una fábula (1954, Premio Pulitzer de 1955), La ciudad (1957), La mansión (1959) y Los rateros (1962), también ganadora de un Premio Pulitzer.

Aunque sus obras obtuvieron buenas críticas, sólo fue un éxito de ventas Santuario (1931), novela con una brutal y morbosa trama, basada en una terrible violación, que es un profundo análisis de los demoledores efectos de la desilusión y la corrupción como fondo. Por efecto del gran éxito obtenido con esta novela, le surgieron oportunidades mucho más lucrativas para trabajar como guionista de Hollywood, lo que le apartó durante cierto tiempo de seguir escribiendo novelas al ritmo trepidante que su desbordante imaginación y talento narrativo le permitía

Su prosa no es fácil para los lectores, porque está formada por frases complejas que se alargan durante más de una página, exigiendo al lector una mayor participación para recrear el escenario, la atmósfera que el escritor quiere sugerir. Para ello, utiliza el tiempo narrativo con diversas experimentaciones, enlaza relatos y utiliza la voz de distintos narradores, además de usar el recurso estilístico de introducir monólogos interiores que rompen el discurso narrativo, haciendo la lectura mucho más compleja, rica en matices y poliédrica en sus diversas facetas.

En 1946, apareció publicada The portable Faulkner, editada por el crítico Malcolm Cowley, que era un compendio de diversos extractos de las novelas de Faulkner, intercalados en una determinada secuencia cronológica, para ofrecer así al público lector una nueva visión y permitiendo ser conocido el extraordinario talento del escritor por los lectores más jóvenes. Todo ello lo hizo porque advertía, el mencionado crítico, que Faulkner no era demasiado conocido y leído como merecía su extraordinaria obra que llegó a estar formada por veintiuna novelas, tres libros de cuentos, dos de poemas y numerosas recopilaciones póstumas.

Esta novela de tipo experimental tuvo un resonante éxito y creó escuela, con una gran influencia en las letras hispanas que siguieron cultivando el género por autores como Carlos Fuentes, recientemente fallecido, Juan Rulfo y otros. En España, a raíz de la Dictadura de Franco, la obra de Faulkner fue censurada, a pesar de que empezó a traducirse a partir de 1930, por lo que tardó en volver a ser traducida al castellano, aunque no dejó por ello de tener una marcada influencia en escritores como Juan Benet y Martín Santos, entre otros.

A partir de los años cuarenta del pasado siglo, la obra de Faulkner empezó a tomar la importancia y el reconocimiento que merecía, tanto dentro de EE.UU. como fuera, siendo considerado como un verdadero maestro literario, con alcance universal su obra que parecía ir más allá de las circunstancias y temas relacionados con su tierra natal, porque en ella aparecía reflejada el alma humana con profunda y portentosa maestría.

En 1949 se le concedió el Premio Nobel de Literatura, acto en el que pronunció uno de los más cortos, mejores y apasionados discursos de aceptación del Nobel. y su obra sigue incrementándose hasta su muerte en Oxford, su lugar de residencia durante décadas.

Aunque la gran importancia de su obra nadie la discute, pero sí para muchos tiene necesidad de ciertas matizaciones, nadie mejor que el propio autor, quien para definirla, aconseja a los lectores, en una entrevista de The Paris Review de 1956, cuando ya había obtenido el Premio Nobel y era por tanto un escritor consagrado e intocable, en respuesta al periodista que le pregunta que cuál sería su consejo para aquellos «que no entienden lo que escribe incluso después de leerlo dos o tres veces». Faulkner recomienda: «Que lo lean cuatro veces».

Para los escritores actuales Faulkner representa muchas cosas, porque según opina Italo Calvino, «pone toda la carne en el asador y monta tragedias cósmicas que ríase usted de Sófocles». También es una verdad aceptada por todos considerar a Faulkner como uno de los tres pilares sobre los que se sustenta toda la literatura norteamericana del siglo XX. Quienes así opinan afirman que Hemingway surge de Twain, Scott Fitzgerald se apoya en Hawthorne y en Henry James, y Faulkner continua a Melville. A su vez, J. M. Coetzee considera a Faulkner «uno de los innovadores más radicales en la historia de las letras estadounidenses». Borges afirma en 1937, en una reseña sobre la obra ¡Absalón, Absalón!, calificándola de «aparición tremenda» y la considera equiparable a El ruido y la furia y finaliza «Si el carácter shakesperiano fuera la mayor excelencia literaria, Faulkner sería el más grande escritor de nuestros días».

Sin embargo, Faulkner dice de su propia obra: “Si pudiese volver a escribir mi obra lo haría mucho mejor y ese el mejor estado en el que puede hallarse un artista».”, en un arranque de sinceridad, que le hace afirmar que “¿La inspiración? He oído hablar de ella, pero no la he visto nunca”. Para él, el secreto de todo escritor es “99 por ciento de talento... 99 por ciento de disciplina... 99 por ciento de trabajo…”.

Esa misma sinceridad la usó para decir sin ambages: “Entre el whisky y la nada, me quedo con el whisky” (en su etapa de guionista de Hollywood). Para Faulkner la literatura es algo “equiparable a lo que hace una cerilla en el centro de la noche y en mitad del campo”.

Y para terminar, la mejor definición de su propio talento narrativo fue la que hizo él mismo al filo de la cincuentena: «Ahora soy consciente por primera vez del asombroso don que me fue conferido: sin ninguna educación formal y sin haber contado con personas educadas y mucho menos interesadas por la literatura, a pesar de ello, llegué hasta donde me encuentro hoy. No tengo idea de dónde me vino esa capacidad o qué dios o dioses me escogieron para ser su recipiente».

William Faulkner sigue siendo, después del primer cincuentenario de su muerte, esa cerilla que incendia el campo en el centro de la noche con su don literario peculiar, su propio universo narrativo y su talento creador que no muere porque está plasmado en su obra que será siempre imperecedera y que enciende el fuego inextinguible de la imaginación de todo lector que abre alguna de sus obras para sumergirse en el apasionante mundo faulkneriano, a través de la voz de unos de los escritores más emblemáticos del siglo XX que sigue resonando con la misma fuerza, intensidad y calor que tiene de su tierra sureña.