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lunes, 6 de diciembre de 2010

El viento de la luna, Antonio Muñoz Molina

...Y relecturas




El viento de la Luna,
de Antonio Muñoz Molina,
Seix Barral, 2006

"El viento de la luna"  es el último libro de este prolífico autor, publicado después de su vuelta de Nueva York, ciudad en la que ha estado dirigiendo el Instituto Cervantes. Esta última obra se puede considerar como uno de los relatos más lúcidos y brillantes  sobre el ansia de conocimiento del ser humano y que, en este caso, se centra en un adolescente completamente fascinado por la aventura espacial del primer viaje a la Luna del Apolo XI, entroncando este interés apasionado con su vida en una pequeña ciudad, o pueblo, de Andalucía  en la España de 1969.  
Se puede considerar un nuevo episodio del ciclo de Magina que se inició con su primera obra, Beatus Ille (1986), aunque no parece estar en la voluntad del autor continuar una saga sobre dicho lugar, ya que sólo utiliza esa ciudad imaginaria como territorio en el que centrar una mirada retrospectiva, una vuelta a sus orígenes y recobrar así la memoria de sus mayores, pero hecha siempre esta recreación con  profundo respeto y admiración, aunque sin dejarse influenciar por ellos, ni acallando su espíritu crítico. Esta nueva obra de Muñoz Molina vuelve a retomar el pulso a la antigua narrativa de corte social que en esta España moderna, plural, tecnificada y próspera, parecía ya haber caído en el olvido. Este autor en esta obra, y en otras muchas anteriores, ha querido demostrar, y lo ha conseguido completamente, que aún quedaban mucho por decir de una época y de una historia que es común a todos y de la que venimos.
Este intento de recobrar la memoria colectiva también lo realiza con evidente acierto en El invierno en LisboaBeltenebrosEl jinete polaco o Plenilunio, novelas todas ellas con excelente acogida de crítica y público, algo de por sí muy difícil de conseguir al mismo tiempo, lo que le convierte en uno de esos pocos escritores que, con sus obras, consigue reconciliar a unos y a otros, en un difícil equilibrio de lucidez creativa, excelente prosa y magistral capacidad narrativa.
En  El viento de la luna hay todos aquellos elementos que conforman la vida provinciana de aquellos años: clasismo atroz, vencedores y vencidos, prejuicios y miedos,  ignorancia, relaciones familiares cambiantes, trabajo extenuante y sin otra posible recompensa que no sea la que se pueda encontrar después de la muerte, la inocencia primigenia siempre víctima, todo ello bajo la supervisión de una Iglesia con un poder desmesurado que controla vidas y conciencias en aquellos años en los que sucedió el viaje a la luna y que era 1969, cuando empezaba a haber una cierta bonanza y las familias ya podían irse a veranear a la playa, comprarse un utilitario y cambiar el cine al aire libre por el televisor en blanco y negro, lo que empieza a cambiar las mentalidades y el tipo de vida, porque ya no se piensa en trabajar como esclavos en la tierra o en dirimir conflictos a tiros, sino en intentar arañar algo de comodidad, diversión y, sobre todo, paz duradera y tangible, a unas vidas que discurren dentro de la monotonía cotidiana y mientras los habitantes de Magina siguen viendo en el NO-DO y en la televisión las imágenes contradictorias que les hablan, por una parte de un pasado que continua, aunque atenuado, y por otra  de la promesa sugerida de que es posible otra España más moderna, próspera y tan distinta a la que conocieron y sufrieron sus mayores.
También el futuro está presente en la novela, materializado en los sueños del protagonista adolescente y en la mejora, tenue pero continua, de la calidad de vida personal y familiar, en esa ciudad imaginaria como es Magina, aunque tan real como cualquiera otra  de la región andaluza o de otra zona de España y, sobre todo, en ese futuro esperanzador auspiciado por la técnica que está representado en las imágenes que llegan desde Cabo Cañaveral y que presentan a una luna más cercana, accesible y real, igual que esa bonanza de vida incipiente se convierte también en una realidad cada vez más alcanzable en sus promesas de bienestar, a pesar de que aún Franco, y lo que representa para muchos, sigue llenando, con su voz monótona, la vida de una provincia rural cualquiera que está entre dos mundos representados por la imagen del Caudillo, uno; y la de la luna y los astronautas que la pisar por vez primera, otro; pero siempre más deseable en sus promesas de un mundo mejor en el que es posible vivir sin tener miedo ni pasar penurias.
Muñoz Molina recrea la España de pocos años antes de la muerte de Franco, haciendo, una vez más, una demostración palpable de su gran talento narrativo.